Ciudadanía Metropolitana

Galicia ante su encrucijada urbana: Vigo y A Coruña deben pensarse como áreas metropolitanas

“La comunidad autónoma necesita asumir sin complejos que su futuro económico, social y cultural depende de impulsar dos polos urbanos capaces de competir en el tablero global”, sostiene en un muy claro y contundente artículo sobre la importancia de las áreas metropolitanas José Luis Gómez, Editor de MUNDIARIO.

En todos los grandes países hay, como mínimo, una ciudad que vertebra el territorio. A veces coincide con la capital. Otras, no. Basta mirar a Japón, Francia o Argentina para entender que un país sin una gran área urbana capaz de proyectar influencia se queda sin peso propio. Incluso donde la capital no es la pieza central –Estados Unidos con Washington frente a Nueva York, o Italia con Roma frente al eje Milán-Turín–, el motor económico y cultural se desplaza hacia esas ciudades que concentran talento, actividad y ambición. El problema de Galicia no es que su capital sea Santiago, sino que Galicia carece de un equivalente a Nueva York, Los Ángeles o Milán.

¿Qué sería de Cataluña sin Barcelona? ¿O de Andalucía sin Sevilla y Málaga? ¿O de Aragón sin Zaragoza? Las ciudades de cierta entidad no solo concentran población: generan ecosistemas culturales, empresariales y financieros que fortalecen al conjunto. Funcionan como espacios de innovación, atracción de inversión y renovación social. Y en ese espejo Galicia aparece desnuda: un país que a veces se describe, con lirismo, como una gran ciudad-jardín, pero que en la realidad carece de una verdadera gran ciudad. Vigo y A Coruña apuntan hacia ese estatus, pero siguen atrapadas en la categoría de ciudades intermedias, lastradas por décadas de decisiones políticas y por una visión ruralista del territorio.

El urbanismo gallego arrastra errores que se pagan a diario. En lugar de apostar por infraestructuras dimensionadas para los principales núcleos urbanos, el Gobierno autonómico dedicó durante años recursos a vías secundarias que apenas utilizan unos pocos coches, mientras Vigo y A Coruña colapsan mañana sí y tarde también. La vida cotidiana en estas áreas se deteriora por una planificación incapaz de asumir lo evidente: que ya no hablamos de municipios tradicionales, sino de áreas metropolitanas con cientos de miles de desplazamientos diarios, una intensa actividad económica y necesidades de movilidad, vivienda y servicios propias de una gran ciudad.

Las rivalidades personales tampoco han ayudado. Galicia está llena de anécdotas –menos anecdóticas de lo que parecen– sobre exconselleiros que bloquearon desarrollos urbanos por miedo a fortalecer a determinados alcaldes, o sobre recelos institucionales que siguen condicionando decisiones estratégicas. Hoy, la Xunta mira con desconfianza la proyección mediática de figuras como Abel Caballero, y esa incomodidad acaba traduciéndose en indefiniciones políticas y retrasos en cuestiones clave como transporte, ordenación territorial, cooperación metropolitana o inversiones prioritarias.

Las áreas metropolitanas son necesarias para que el país gane tamaño y competitividad

El debate sobre qué es un área metropolitana resulta casi extravagante a estas alturas. Vigo y A Coruña lo son de hecho, aunque no de derecho. La definición de la Real Academia es clara: una ciudad es un espacio denso, poblado y dedicado a actividades no agrícolas. Lo urbano se contrapone a lo rural. Galicia necesita asumir esa distinción para poder construir una política territorial moderna que no se quede encerrada en nostalgias ni en equilibrios ficticios. Las áreas metropolitanas no son una amenaza, sino una condición de posibilidad para que el país gane tamaño, competitividad y futuro.

Las grandes ciudades, además, ofrecen ventajas que no son sustituibles: más oportunidades laborales y educativas, mejores servicios públicos y privados, y una oferta cultural y de ocio que no puede replicarse en ámbitos de baja densidad. Atraen talento, inmigración y actividad económica. Sí, tienen costes: vivienda más cara, más estrés, mayor presión sobre el entorno. Pero sin esa masa crítica la alternativa es peor: el envejecimiento, la pérdida de población joven y la irrelevancia en un mundo donde las dinámicas metropolitanas son la norma.

De ahí que la propuesta planteada en su día por el socialista Ismael Rego merezca algo más que un debate de sobremesa. Del mismo modo que Galicia logró grandes consensos en materia lingüística o institucional, también debería haber alcanzado un acuerdo amplio sobre su organización territorial. No se trata de excluir a nadie, ni de abandonar al rural, sino de reconocer que una comunidad moderna necesita uno o dos polos urbanos fuertes que tiren del conjunto. Galicia no puede competir en el siglo XXI tratándose a sí misma como un territorio disperso cuya principal seña de identidad es la residencia de ancianos más grande de Europa.

La solución no depende solo de los conselleiros, pero pasa necesariamente por ellos. Galicia debe sacudirse de una vez la boina –en lo simbólico y en lo administrativo– y asumir que su porvenir exige pensar en grande: planificar en clave metropolitana, invertir donde vive y trabaja la mayoría de la población, y dejar atrás complejos que han hecho del debate urbano un terreno minado.

Vigo y A Coruña no son municipios tradicionales: son las columnas sobre las que Galicia puede sostener su futuro. La alternativa es seguir marchitando ese jardín que tanto nos gusta imaginar. @J_L_Gomez

Nota tomada del Diario digital MUNDIARIO