En una nota publicada en la revista digital “Panamá” (https://panamarevista.com), Carlos Cali Lazzarini analiza desde diversas aristas la importancia de avanzar en una nueva gobernanza al sostener que “el territorio ha cambiado de escala, de lógica y de velocidad, mientras que las agendas institucionales permanecieron ancladas en mapas conceptuales diseñados para otro tiempo histórico”.
Hacia una nueva gobernanza territorial para el siglo XXI
Regiones que ya operan en redes globales, ciudades que concentran capacidades estratégicas y una provincia con activos suficientes para jugar en las grandes ligas. El desafío de actualizar la agenda de gobernanza territorial para un mundo organizado por regiones, cooperación metropolitana y diplomacia de ciudades, sin necesidad de pensar en divisiones ni nuevas burocracias.
La provincia de Buenos Aires ocupa un lugar singular en la estructura territorial de nuestro país. Por su extensión, diversidad productiva, densidad urbana y peso económico, constituye un sistema complejo que difícilmente pueda ser pensado como una unidad homogénea. Sin embargo, buena parte de las categorías políticas e institucionales con las que se la sigue gobernando responden a un paradigma que ya no logra dar cuenta de esa complejidad.
No se trata de ausencia de diagnósticos ni de déficit de información. La cuestión es más estructural: el territorio ha cambiado de escala, de lógica y de velocidad, mientras que las agendas institucionales permanecieron ancladas en mapas conceptuales diseñados para otro tiempo histórico. El desafío central es la adecuación institucional a una realidad territorial que ya opera con otros ritmos, otras escalas y otros clivajes ─ como sucede con otras instituciones de la democracia─.
Instituciones y territorio
Las instituciones no son neutras: cristalizan una determinada lectura del territorio. En el caso bonaerense, esa lectura se construyó sobre una provincia organizada en compartimentos administrativos relativamente estables, con fronteras claras entre lo urbano, lo productivo y lo rural, y con un Estado desde adentro capaz de ordenar desde el centro esa diversidad.
Hoy, ese supuesto resulta insuficiente. Las dinámicas territoriales contemporáneas —flujos logísticos, cadenas de valor globales, redes de conocimiento, movilidad metropolitana, integración campo–ciudad— desbordan los marcos administrativos clásicos. Más que hablar de crisis institucional, conviene hablar de un desfase temporal entre estructuras pensadas para un territorio del siglo XX y un territorio que ya opera con lógicas del siglo XXI.
En clave regional
La provincia de Buenos Aires no funciona como un todo indiferenciado, sino como un sistema regionalizado. El conurbano bonaerense opera como una gran región metropolitana con dinámicas propias de movilidad, empleo y servicios. Las ciudades intermedias articulan industria, servicios avanzados y conocimiento. Los corredores portuarios y logísticos conectan producción con mercados internacionales. El sector agrícola-ganadero se encuentra plenamente integrado a cadenas de valor globalizadas, atravesadas por tecnología, financiamiento y estándares ambientales.
Este funcionamiento regional no es una aspiración normativa: es una realidad empírica. El problema no es su existencia, sino la ausencia de una arquitectura de gobernanza capaz de reconocerla, coordinarla y proyectarla, transformando la diversidad territorial en estrategia compartida y en capacidad efectiva de decisión política de largo plazo.
Habrá quienes continúen propiciando, como alternativa a lo que denominan la “provincia imposible”, una partición en cuatro jurisdicciones diferentes o en fórmulas de reorganización similares. Se trata de discusiones siempre bienvenidas que alimentan la reflexión sobre un mejor modelo de gobernanza. Lo que planteamos aquí es que hay instancias previas que permitirían, en lugar de debilitar, fortalecer el potencial de la diversidad y riqueza bonaerense, sin recurrir a divisiones territoriales y sin crear nuevas capas burocráticas que, en las actuales circunstancias, podrían generar reacciones adversas y confusión respecto del sentido y los objetivos de la alternativa propuesta.
Coordinación metropolitana
Las experiencias internacionales evidencian que los territorios que logran articularse regionalmente amplían su capacidad de acción. El Área Metropolitana de Barcelona consolidó una institucionalidad supramunicipal estable que permitió coordinar transporte, planificación urbana, políticas ambientales y proyección internacional. El Gran Londres avanzó en la conformación de una autoridad metropolitana con liderazgo político propio y capacidad estratégica. La región del Ruhr, en Alemania, reconvirtió una estructura industrial históricamente fragmentada en una plataforma regional de innovación, cultura y reconversión productiva.
A estos casos europeos se suma la experiencia latinoamericana de Medellín y el Valle de Aburrá. Allí, la construcción de una autoridad metropolitana permitió coordinar políticas de movilidad, desarrollo urbano, ambiente y seguridad entre municipios con marcadas asimetrías sociales y territoriales. El proceso no eliminó las autonomías locales, pero las integró en una estrategia regional sostenida en el tiempo, con planificación, financiamiento y liderazgo político, que posicionó hoy a Medellín como referencia internacional en innovación urbana y gobernanza metropolitana.
Se trata de algunos ejemplos ilustrativos que, por otro lado, no debemos circunscribirlos al mayor continuo urbano de la provincia de Buenos Aires sino extenderse a diferentes posibilidades de asociación y cooperación a escala regional y conectados a nivel global.
Ciudades, regiones y diplomacia territorial
En paralelo, se consolidó un fenómeno clave del siglo XXI: la diplomacia de ciudades y regiones. Las ciudades ya no se limitan al rol de ejecutoras de políticas nacionales; sino que actúan como nodos de redes globales de cooperación, innovación y desarrollo. Redes como C40, Mercociudades o Eurocities dan cuenta de cómo los gobiernos locales y regionales intercambian capacidades, construyen estándares comunes y fortalecen su incidencia en agendas globales como el cambio climático, la transición energética o la economía del conocimiento.
Esta diplomacia territorial no sustituye a la política exterior nacional, pero la complementa y la potencia. Permite a las regiones acceder a fuentes de financiamiento internacional, cooperación técnica y mayor visibilidad estratégica. Para una provincia como Buenos Aires, caracterizada por su escala productiva, densidad urbana y capacidad académica, esta dimensión representa una oportunidad concreta de inserción inteligente en el escenario global.
Potencial bonaerense
Las regiones agrícolas y ganaderas bonaerenses dialogan cotidianamente con mercados internacionales, estándares ambientales y procesos de innovación tecnológica. Las regiones industriales participan en cadenas de valor complejas. Las ciudades universitarias concentran capital científico y capacidades de transferencia de conocimiento. Los sistemas portuarios y logísticos conectan producción con comercio global.
Pensar estas dimensiones de manera integrada, pero con tratamientos diferenciados según conveniencias particulares, permitiría pasar de una lógica reactiva a una estrategia territorial de proyección internacional, donde las regiones no compitan entre sí, sino que construyan complementariedades, escala política y posicionamiento global.
Intendentes y nueva elite territorial
En este contexto, los intendentes adquieren un protagonismo político singular. Son quienes gobiernan los territorios donde la complejidad regional se expresa de manera más directa: las ciudades, las áreas metropolitanas, las economías locales y los vínculos concretos entre producción, sociedad y Estado.
Lejos de pensarlos exclusivamente como ejecutores de políticas provinciales o nacionales, los intendentes pueden constituirse en una nueva elite territorial, con capacidad de impulsar la cooperación regional, articular escalas de gobierno y proyectar internacionalmente a sus ciudades. En muchos casos, son actores que ya gestionan vínculos con universidades, empresas, organismos internacionales y redes de ciudades, anticipando una agenda que aún no encuentra una traducción institucional plena.
Cambiar la agenda y disputar el futuro
Actualizar la gobernanza territorial no implica negar la historia institucional ni deslegitimar el presente. Implica cambiar la agenda: desplazar el foco desde una lógica de administración fragmentada hacia la estrategia regional; desde el municipio concebido como una unidad aislada hacia la cooperación; desde una gestión predominantemente defensiva hacia la proyección global. Implica, en definitiva, asumir que la política territorial del siglo XXI se juega en la capacidad de articular regiones, actores y escalas, y de construir consensos duraderos en torno a un proyecto de desarrollo.
La provincia de Buenos Aires ya funciona en redes, regiones y flujos que exceden largamente los viejos mapas administrativos. Sus ciudades, sus regiones productivas y su entramado académico dialogan cotidianamente con dinámicas globales que no esperan redefiniciones formales para operar. La provincia ya cambió. El mundo también. La pregunta no es si ese movimiento existe, sino si seremos capaces de repensar la agenda institucional para acompañarlo de manera activa, y de transformar las dificultades estructurales en oportunidades estratégicas.
Carlos Cali Lazzarini
Fuente: https://panamarevista.com
Foto principal: Observatorio del Conurbano UNGS


