Ciudadanía Metropolitana

Ciudades densas, ciudades vivas. Por Oriol Estela

El pasado 19 de marzo se inauguraba en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona la exposición Suburbia. Se trata de una muestra dedicada a diseccionar el modelo de crecimiento predominante de las ciudades en Estados Unidos (y exportado desde allí al resto del mundo) durante el siglo XX: la urbanización dispersa, con las características viviendas unifamiliares rodeadas de un jardín privado y alejadas de los centros urbanos tradicionales.

Esta exposición permite realizar muchas lecturas en torno a cómo habitamos el territorio, y algunas de ellas las expresaré en artículos posteriores. En éste, sin embargo, me interesa hacer una breve incursión en la densidad urbana, que sería el resultado de un modelo opuesto al que nos retrata Suburbia.

La densidad es, sin duda, una de las medidas clave del urbanismo. Algunos autores, como el economista Ed Glaeser, definen precisamente las ciudades por la ausencia de espacio entre las personas.

El interés por este indicador es tal que no dejan de aparecer herramientas para medirla y analizarla.

Un par de semanas antes del pistoletazo de salida a la exposición, por ejemplo, conocimos que un investigador norteamericano, Jonathan Nolan, había presentado un visor online (citydensity.com) que permite visualizar y comparar las densidades de población entre ciudades y áreas metropolitanas de todo el mundo. Por cada ciudad seleccionada, el visor muestra una línea que representa la densidad media en cada punto en función de la distancia al centro de la ciudad. Lógicamente, en términos general la densidad va disminuyendo conforme nos alejamos del centro urbano, pero el ritmo y la manera en que lo hace puede variar enormemente entre ciudades.

Hay dos diferencias fundamentales que se pueden observar, por ejemplo, entre la mayoría de ciudades de los Estados Unidos y las europeas. La primera es la del valor absoluto de densidad, bastante superior casi siempre en el caso europeo. La segunda es la de la mayor o menor homogeneidad en las densidades, es decir, si la reducción de la densidad a medida que nos alejamos del centro es progresiva y regular o si muestra irregularidades (indicando la existencia de varios núcleos densos o, en otros términos, de centralidades urbanas). Aquí, las diferencias incluso entre ciudades europeas también son notables.

En el gráfico que se muestra a continuación, observamos como Barcelona, en cualquier punto desde el centro de la ciudad hasta un radio de 30 kilómetros, que rozaría Mataró, Terrassa o Sitges, presenta una densidad superior a la de otras ciudades como Boston (la considerada “más europea” de las grandes ciudades estadounidenses), Manchester o Munich. Se observa también cómo la línea que representa Barcelona es mucho más accidentada que las del resto, respondiendo a que su región metropolitana comprende varios núcleos urbanos de cierta relevancia.

También disponemos de herramientas para hacer un zoom más cercano a nuestra realidad. Más allá de los indicadores y mapas oficiales del Departament de Territori, el periodista de datos Roger Tugas lanzaba hace cosa de un año otro visor de densidad de población, en este caso en 3D y focalizado en los Països Catalans, con un nivel de detalle de sección censal y con otras variables, como la edad de la población, incorporados (los datos eran de 2022). El esquema anterior, que mostraba zonas centrales muy densas y disminución progresiva con la distancia, se hace también aquí bien palpable, como asimismo el hecho de que hoy en día las zonas centrales suelen ser las más envejecidas.

Con pocos días de diferencia, el analista de datos Alasdair Rae, utilizando datos de Eurostat de 2018, presentó las conclusiones del estudio con el que quiso determinar cuál es el kilómetro cuadrado más poblado, es decir, más denso, entre las ciudades europeas. El resultado, cuatro de las cinco primeras posiciones corresponden a Barcelona y su entorno, que sólo se deja arrebatar el segundo lugar por un fragmento de París. El récord absoluto se encuentra en una zona a caballo entre L’Hospitalet y la propia Barcelona, con 52.767 personas residiendo en el kilómetro cuadrado que la delimita. Para el analista británico, a quien pasear por las calles de Barcelona no le da la impresión de estar una ciudad tan densa, estos elevados niveles de densidad de la ciudad tienen que ver con la buena calidad de vida que se le atribuyen internacionalmente y constituyen un éxito de nuestro planeamiento urbano.

Así pues, la región metropolitana de Barcelona constituye un referente global en materia de densidad. A pesar de todo, el debate sobre las bondades de la densidad frente a la dispersión siempre ha estado abierto.

Si nos atenemos a las corrientes principales dentro del urbanismo actual, inspirados generalmente por la pionera Jane Jacobs, encontraremos que se considera que las ciudades y los barrios más densos son los que más y mejor impulsan la creatividad y la innovación, factores que proporcionan ventaja económica en la economía basada en el conocimiento de nuestros días. En este sentido, una ciudad que ofrece mayores posibilidades de generar espacios de encuentro formales e informales entre personas diversas es una aceleradora de ideas.

No es extraño que la más famosa e influyente de las urbanistas (pese a que no disponía de ninguna titulación en la materia) sea una referente en la defensa de la ciudad densa, ya que precisamente el momento álgido de su activismo y de su producción de teoría urbanística, con The Death and Life of Great American Cities coincide con una oleada de renovaciones urbanas que atentaban, en particular en el Nueva York de principios de los años 60 donde ella residía, contra la idea misma de densidad, en la línea del modelo que nos muestra la exposición del CCCB.

Desde otra perspectiva, hace unos años el equipo de investigación de Carme Miralles y Xavier Delclòs (UAB) diseñó un índice JANE de vitalidad urbana que aplicaron a Barcelona en el que, de nuevo siguiendo a Jacobs (que incluso da nombre al índice), la densidad era una de las variables clave junto con la diversidad, las oportunidades de contacto o la accesibilidad. Según estos índices, Gràcia, Horta o Sant Andreu destacarían por su vitalidad, incluso zonas de Nous Barris, Badalona y Santa Coloma de Gramenet, mostrando cómo esta vitalidad no se correlaciona necesariamente con la renta.

Otra de las implicaciones fundamentales de contar con una metrópolis que, como hemos visto, muestra varios “picos” de densidad a diferentes distancias del centro urbano principal, como rasgo diferencial frente a otras metrópolis del mundo, es que en la barcelonesa tiene mucho más sentido invertir en una potente red ferroviaria de proximidad que en el resto ya que es más factible ubicar estaciones que resulten rentables en términos de personas potencialmente usuarias. Este es el modelo de región metropolitana y de movilidad por el que apuesta, entre otros, el Compromiso Metropolitano 2030, con el fin de sacar ventaja de una estructura metropolitana en red como pocas ciudades en el mundo pueden disfrutar.

Pero parece evidente que el exceso de densidad también tiene consecuencias negativas, como se constató en el período de confinamiento obligado por la pandemia de la Covid-19. En este caso, las personas que vivían en barrios más densos y con escasez de zonas verdes estaban más expuestas a los contagios y a sufrir la situación con más estrés.

Finalmente, respecto a la influencia de la densidad en la salud de las personas, otro estudio, también publicado el año pasado, concluyó, en cambio, que son las áreas con una densidad de construcción media las que presentan un riesgo más alto de depresión en comparación con las zonas de alta o baja densidad, independientemente de factores socioeconómicos individuales.

Son precisamente estas zonas de densidad media las que retrata Suburbia y las que durante bastante tiempo han amenazado el modelo urbano europeo, y en particular el mediterráneo, y sus núcleos urbanos densos y diversos. Hay que recordar que la región metropolitana de Barcelona duplicó su superficie urbanizada entre los años 70 y los 90 del siglo pasado sin aumentar la población y que el modelo americano de las urbanizaciones y los grandes centros comerciales transformó sustancialmente el paisaje metropolitano.

Si quieren imaginar cómo sería nuestra metrópoli si se continuara avanzando en esta línea, tienen tiempo de visitar esta exposición en el CCCB hasta el mes de septiembre. En todo caso, en próximos artículos trataremos de hacer este mismo ejercicio.

Publicado en The New Barcelona Post

Autor: Oriol Estela